Belinda Starling

Belinda Starling

Nacionalidad: Británica



Escritor

BELINDA STARLING (Wivenhoe, Gran Bretaña). Escritora y cantante inglesa, murió en 2006 a la edad de 34 años tras las complicaciones originadas por una operación para extirparle un quiste en la vía biliar, cuando preparaba un disco y faltaban pocos meses para la publicación de su primera novela.
Belinda, universalmente conocida como â??Beeâ?, murió sabiendo que la editorial Bloomsbury estaba dispuesta a publicar su primera novela, The Journal of Dora Damage. Lo que ella no sabía era que sería un éxito de popularidad y de ventas. La literatura inglesa, la música y el teatro fueron sus grandes pasiones, y uno de sus momentos más felices fue cuando estaba enseñando Romeo y Julieta a un grupo de adolescentes de KwaZulu (Sudáfrica). Después de su muerte y, recordando lo mucho que quería a los niños, se creó la Belinda Starling Memorial Fundation.

NOTA SOBRE LA AUTORA de su hermano BORIS STERLING

Cuatro días después de terminar La encuadernadora de libros prohibidos, mi hermana Bee (como todo el mundo llamaba a Belinda) fue hospitalizada para una operación programada desde hacía tiempo; iban a extirparle un quiste en la vía biliar.
Al principio la operación pareció haber resultado un éxito, pero en la madrugada del día siguiente, su arteria hepática estalló, lo cual provocó un paro cardíaco.
En aquella ocasión los médicos lograron salvarla, pero no salió del hospital. Siete semanas y dos operaciones después, Bee murió de una septicemia. Tenía treinta y cuatro años, estaba casada y tenía dos hijos pequeños.
Su funeral fue la noche siguiente, un agridulce día de verano cargado de emociones. La adorable directora de la funeraria, que vigilaba el féretro de Bee, era un calco de la señora Eeles, tanto físicamente como por su personalidad. Bee habría estado encantada.
La pequeña iglesia donde se celebró la ceremonia estaba abarrotada. Cientos de personas se acercaron a despedirse de Bee, y de todas las lecturas que se hicieron durante el servicio, la que generó más comentarios fue el prólogo de este libro.
«Antes de nacer ?dice el prólogo?, san Bartolomé, el santo patrono de los encuadernadores, ofrece a nuestras almas la posibilidad de elegir entre dos libros.» Uno está decorado en oro, y su belleza se desvanece bajo la dureza de un destino señalado de antemano; el otro es liso y áspero, pero florece convirtiéndose en una obra maestra a medida que sus páginas en blanco son escritas por un alma que vive su vida según sus propias convicciones.
No cabe duda de cuál de los dos libros de san Bartolomé eligió el alma de Bee.
Su vida fue una historia de libre albedrío e inspiración personal. Era pura luz, una mujer vital, sorprendente y vibrante. Era una estrella brillante, una criatura de luz, alguien que repartía felicidad y animaba las vidas de quienes la conocían. Amaba a las personas no sólo por sus cualidades, sino también por sus imperfecciones y diferencias.
Bee no era una santa, y hubiera odiado que se la recordase como tal. Su ingenio podía ser escabroso. No sufría la insensatez de los demás, ya que, orgullosa de su independencia y ferozmente inteligente, esperaba tanto de los otros como de ella misma. No perdonaba a quienes la decepcionaban, y no tenía inconveniente en dejar de lado amistades que ya no consideraba valiosas. Podía ser una persona muy difícil, como sucede con todos aquellos a quienes vale la pena conocer.
Por encima de todo era un ser excepcional, honesta consigo misma, para bien o para mal.
Para aquellos que la conocieron y la amaron, Bee sigue viva de infinitas formas, una de las cuales es este libro que acaba de terminar. A ella le habría encantado que usted haya leído su novela, y aún más si la ha disfrutado, aunque estaba preparada para discutir sus defectos con usted en el caso contrario.
La encuadernadora de libros prohibidos es el producto del amor. Toda primera novela es personal en más de un aspecto. ¿En qué medida lo es ésta, puesto que no habrá ninguna otra? Dora tiene muchas cosas de Bee, pero cuando más se parece a ella es al final del prólogo, cuando afirma que en este libro «se conserva el contenido de mi corazón, como si lo hubiese abierto con un escalpelo para ser leído por un anatomista».