El complot mongol
Rafael Bernal

Policial , ,

El complot mongol

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Filiberto García, típico matón y antiguo verdugo de un general villista, tiene que terciar con el FBI y la KGB para desmantelar una intriga contra la paz mundial que se anida en las calles de Dolores de la Ciudad de México, el acriollado y mediocre b ...
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Nombre: El complot mongol


Escrito por: Rafael Bernal

Tipo de documento: EPUB   

Tipo: Ficción

Género: Novela

Temas: Policial , ,

Número de páginas: 136

Idioma del fichero: Español

Año de publicación: 1969

Editorial: Grupo Planeta Spain

EAN: 6070717392

ISBN: 9788415625605




SINOPSIS:

Filiberto García, típico matón y antiguo verdugo de un general villista, tiene que terciar con el FBI y la KGB para desmantelar una intriga contra la paz mundial que se anida en las calles de Dolores de la Ciudad de México, el acriollado y mediocre barrio chino de la capital del país. Entre las tiendas de curiosidades y los restaurantes de comida cantonesa, detrás de los fumaderos de opio y los cafés de chinos, Filiberto García va descubriendo que la conspiración ”aparentemente iniciada en Mongolia” tiene más relación con los vaivenes y amarguras de la política nacional que con las mafias orientales. Sin embargo, en su tortuoso camino deja atrás una docena de cadáveres y un amor trágico que, finalmente, acabarán revelando al vulgar asesino el verdadero significado de su vida. Narrada con un estilo agilísimo, lleno de humor negro y de la violencia sórdida que se escondía tras la moderna fachada del México de los sesenta, El complot mongol es considerada una de las piezas clave en la novela negra mexicana.

CITAS:
  • Hay que verle los za­pa­tos y no es fácil qui­tar­le los za­pa­tos a los muer­tos, como que los aga­rran con los dedos de los pies. ¡Pin­ches muer­tos!
  • Fuera bueno re­zar­le a la di­fun­ta, pero ya no me acuer­do qué se re­za­ba en los ve­lo­rios. Es raro que yo no vaya nunca a ve­lo­rios. Tal vez por aque­llo de que uno hace el muer­to y otro le reza.
  • Sólo los que no saben nada de la muer­te no le tie­nen miedo. No­so­tros sa­be­mos de­ma­sia­do.


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